martes, 23 de noviembre de 2010

El niño somalí


Hoy tengo la gripe,
pero no me duele la espalda.

Hoy sólo me duele la mirada
de ese niño somalí.

Es un niño que no tiene nada.
Niño sin juguetes, sin comida,
sin agua.

Estuve allí,
y le dije al niño somalí:

-Te traigo unos cuentos.
Y el niño me dijo con la mirada:
-Yo no estoy para cuentos
ni para nada,

Hoy yo tampoco estoy para versos
porque me duele la mirada
de ese niño de Somalia.

Es un niño que sólo tiene moscas
en los ojos y en los labios secos.

(Son de esas moscas
que sólo pican a los muertos)



-El niño somalí - Gloria Fuertes-

lunes, 27 de septiembre de 2010

De Dios y otras cosas...

–Queréis decir… ¿Cómo os llamáis? –le preguntó Rodrigo.

–Respondo por padre Alfonso o fray Alfonso Méndez.

–Así pues, frayAlfonso –inquirió Rodrigo, colocándose a su lado–, habéis logrado escapar de la Santa Inquisición y criar a vuestros hijos sin que la Iglesia os haya quemado.

–No soy el único fraile ni cura que vive decentemente con su barragana y cría a sus hijos en Sevilla y en Castilla –su voz sonaba altiva y su gesto era de dignidad–. Somos tantos que la Inquisición no tiene calabozos para nosotros. Algún día, cuando sus tribunales estén menos ocupados con las herejías, emprenderá la reformación de las costumbres y, entonces, nos encarcelará y juzgará, mas, por el momento, nos deja vivir tranquilos.

–Mi padre se gana muy bien el pan confesando a las gentes de los pueblos y las aldeas –nos aclaró Alonso con orgullo–. ¿Quién no prefiere recibir el sacramento del perdón de un sacerdote con hijos que entiende las debilidades humanas? Todos los hermanos del gremio

de ladrones y rufianes de Sevilla tienen a mi padre por su confesor.

Venganza en Sevilla - Matilde Asensi

>> ¿Y no es verdad?

martes, 10 de agosto de 2010

Soledad y Olvido

Ayer apareció una noticia en el telediario de TVE de Cantabria que me ha dado que pensar. Según parece, hace algún tiempo (no recuerdo bien si se trataba de unos días o ya eran varias semanas), una persona (un inmigrante camerunés de 25 años) había fallecido. El paciente estaba identificado, pero nadie había reclamado el cadáver. La legislación, que contempla este tipo casos, erró en la tramitación de uno de los documentos para facilitar la inhumación y el cuerpo aún seguía en una cámara frigorífica del Anatómico Forense de Valdecilla.

Problema: La cámara que con tanto celo lo estaba guardo se averió y el calor veraniego hizo que la temperatura que rodeaba al cuerpo pasase de sus necesarios grados bajo cero a rondar los 30ºC. Y la Naturaleza hizo el resto. El hedor de su descomposición se hizo insoportable, hasta tal punto que los trabajadores de esa parte del Hospital Valdecilla se negaron a permanecer dentro y trabajar en esas condiciones. Por suerte, ayer mismo retiraron al finado, que recibió sepultura finalmente.

Bien, esta es una historia triste que, lamentablemente, no es aislada: muchos inmigrantes llegan solos a nuestro país y fallecen lejos de sus familias, aunque en otras ocasiones la propia familia no puede hacerse cargo de pagar los costes de un funeral. Pero, aunque es trágico que esto ocurra con un cadáver, ¿qué ocurre cuando la persona está aún con vida? Sufrir solo una enfermedad cuando, durante la estancia hospitalaria ves pasar a familiares y amigos de otros pacientes debe ser terrible... Sobre todo cuando sabes que tú también tienes una familia y que está lejos (tanto en el espacio como en el sentimiento).

Cabe pensar que, bueno, al menos cuando abandonemos el mundo y nuestro cuerpo no deje de ser una carga para el gobierno dentro de una cámara frigorífica, nadie sufrirá ni llorará... Pero es que, cuando una muerte duele es porque quien nos ha dejado es un ser querido.

Y es que la triste historia de ese cadáver olvidado me ha hecho pensar en lo duro de la soledad y en una frase que me dijeron una vez y me pareció cruel, pero que hoy entiendo a que se referían: "Muchas veces, las personas se casan y tienen hijos por simple egoísmo: para saber que si enfermamos alguien se quedará a nuestro lado en la cama del hospital y nos llorará cuando ya no estemos".


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viernes, 2 de julio de 2010

#1 "A quien corresponda: Son de la Luna Triste"


Para comenzar, una de amores tristes y meláncolitos, escrito allá en el 2005... Un bonito año dentro de mi vida. No es una gran narración, es más una utilización de conocimientos de manera discriminada que una historia en sí. Espero que guste...


A Quien Corresponda: Son de la Luna Triste

Reprimió el llanto una vez más, sintiendo la leve caricia de la brisa sobre su rostro. Se giró hacia la plaza ya vacía. El vestido blanco era largo y lo arrastraba sobre el suelo. Dio un pequeño paseo para mirar distraídamente os medallones que ocupan los espacios entre los arcos, fijándose en los rostros de hombres y mujeres que ahí permanecían en memoria de la Historia.

Unos metros más allá se alzaba la vieja catedral. Si duda, románica, pese a que el tiempo la fuese a disfrazar con un antifaz barroco. En la entrada había una serie de escaleras sobre las cuales se sentó. Miró al cielo oscuro, nocturno. Ni una estrella brillaba allí arriba. Parecía que el firmamento se había puesto de luto.

El viento soplaba lentamente, pero muy frío, haciendo que un escalofrío recorriera su cuerpo, ya que llevaba los brazos descubiertos.

Ella, que lo hubiera dado todo por él… Cerró los ojos y lloró.

- Las lágrimas no te hacen ningún bien… son la expresión última de la tristeza.

La mano fría, firme, blanca, casi transparente de un hombre acarició su cara. ¿Por qué había bajado a por ella? ¿No había sufrido lo suficiente como para que ahora le restregara su triunfo?

- No lloro por tristeza, es la soledad… ¿Has venido sólo para ver la victoria de tu esposa?

Él le alcanzó una de sus manos y le ayudó a ponerse en pie. Le limpió las lágrimas que resbalaban de sus ojos azules y le rodeo con sus fuertes brazos. La mujer ya no lloraba, sólo miraba hacia el frente.

- No creo que haya sido una victoria para ella. Realmente, tampoco ha sido una derrota para ti, Selene…

Ella alzó la cabeza hasta mirar a aquel hombre a la cara. ¿Por qué se compadecía de ella? Él cogió su mano y la llevó hacia una calle perpendicular a la que estaban. Selene le seguía, aun sin saber hacia donde iban. Tras caminar durante varios minutos a lo largo de un estrecho sendero se detuvieron. El hombre habló.

- Mira…

Señaló hacia el horizonte. La había llevado a un acantilado cercano. El cielo permanecía negro, pero algunas tímidas estrellas comenzaban a brotar.

- No quiero nada de esto, Zeus… sólo le quiero a él…

La mujer se giró. Tras ella, algo más a la derecha, había una pequeña gruta. Selene miró suplicante al hombre, que afirmó con la cabeza. Juntos entraron allí. Todo estaba oscuro, así que él encendió una luz.

- Duerme…

Murmuró ella al ver al fondo, acurrucado, a un hombre joven, moreno y fuerte. En su rostro había una sonrisa de paz y tranquilidad.

- Sí, duerme.

Avanzaron hasta ponerse a la altura del joven.

- Aún no ha despertado.

- Algún día lo hará, no tienes por qué preocuparte…

- Fue ella quien le castigó y aún no comprendo porqué.

Zeus pasó su brazo sobre los hombros de Selene, tratando de reconfortarla. Selene deseaba abrazar a Endymión, pero estaba frío como el hielo, como un muerto.

Antes, ella bajaba todas las noches de su carro de plata y marfil para estar junto a él. Entonces se veían, hablaban y se amaban. Él le contaba sus sueños y ella los interpretaba, conociendo así qué ocurriría en el mundo de los que morían.

Zeus soltó a Selene e hizo que le mirara, alzándola con delicadeza la barbilla. Sabía lo que ella pensaba, 30 años era una eternidad.

- Selene, sube a tu carro y vuelve a tu lugar. No pienses en que quedan 20 años, recuerda que ya han transcurrido 10…

Él la besó en la mejilla y desapareció con un estruendo ensordecedor y un golpe de luz. Todo se volvió oscuro entonces.

Selene comenzó a emitir una tenue luz blanquecina. Se acercó hacia el hombre dormido, se arrodilló frente a él y lo besó suavemente en los labios. Dejó que una lágrima brotara de sus ojos y una nueva tras ésta.

Salió del lugar y se dirigió al borde del acantilado. Miró de nuevo hacia la gruta, de donde ahora manaba un pequeño regato de agua. Dio un paso hacia el frente al tiempo que el agua comenzaba a caer por el precipicio a un pequeño valle, donde giraba entre árboles y se perdía en la mar.

Dio otro paso, quedando así el vacío bajo sus pies. Su piel y el vestido aumentaron su brillo cuanto más andaba hacia el frente.

Al llegar al horizonte se sentó en su carro de marfil y plata, tirado por caballos blancos, desde donde podía ver la entrada de la gruta y el agua que caía convertida en cascada.

Lo que Selene ignoraba era que, al besar a Endymión y derramar sus lágrimas sobre él, éste comenzó a llorar por la pena de la diosa y, al no poder despertar, ni moverse para secarse el llanto, formó un río con sus lágrimas que manaba de la gruta y que iba a morir a la mar, queriendo llegar al horizonte, donde cada noche, al salir la Luna pudiese besar a su Dama.


(Selene y Endymion, atribuido a Sebastiano Conca)