viernes, 2 de julio de 2010

#1 "A quien corresponda: Son de la Luna Triste"


Para comenzar, una de amores tristes y meláncolitos, escrito allá en el 2005... Un bonito año dentro de mi vida. No es una gran narración, es más una utilización de conocimientos de manera discriminada que una historia en sí. Espero que guste...


A Quien Corresponda: Son de la Luna Triste

Reprimió el llanto una vez más, sintiendo la leve caricia de la brisa sobre su rostro. Se giró hacia la plaza ya vacía. El vestido blanco era largo y lo arrastraba sobre el suelo. Dio un pequeño paseo para mirar distraídamente os medallones que ocupan los espacios entre los arcos, fijándose en los rostros de hombres y mujeres que ahí permanecían en memoria de la Historia.

Unos metros más allá se alzaba la vieja catedral. Si duda, románica, pese a que el tiempo la fuese a disfrazar con un antifaz barroco. En la entrada había una serie de escaleras sobre las cuales se sentó. Miró al cielo oscuro, nocturno. Ni una estrella brillaba allí arriba. Parecía que el firmamento se había puesto de luto.

El viento soplaba lentamente, pero muy frío, haciendo que un escalofrío recorriera su cuerpo, ya que llevaba los brazos descubiertos.

Ella, que lo hubiera dado todo por él… Cerró los ojos y lloró.

- Las lágrimas no te hacen ningún bien… son la expresión última de la tristeza.

La mano fría, firme, blanca, casi transparente de un hombre acarició su cara. ¿Por qué había bajado a por ella? ¿No había sufrido lo suficiente como para que ahora le restregara su triunfo?

- No lloro por tristeza, es la soledad… ¿Has venido sólo para ver la victoria de tu esposa?

Él le alcanzó una de sus manos y le ayudó a ponerse en pie. Le limpió las lágrimas que resbalaban de sus ojos azules y le rodeo con sus fuertes brazos. La mujer ya no lloraba, sólo miraba hacia el frente.

- No creo que haya sido una victoria para ella. Realmente, tampoco ha sido una derrota para ti, Selene…

Ella alzó la cabeza hasta mirar a aquel hombre a la cara. ¿Por qué se compadecía de ella? Él cogió su mano y la llevó hacia una calle perpendicular a la que estaban. Selene le seguía, aun sin saber hacia donde iban. Tras caminar durante varios minutos a lo largo de un estrecho sendero se detuvieron. El hombre habló.

- Mira…

Señaló hacia el horizonte. La había llevado a un acantilado cercano. El cielo permanecía negro, pero algunas tímidas estrellas comenzaban a brotar.

- No quiero nada de esto, Zeus… sólo le quiero a él…

La mujer se giró. Tras ella, algo más a la derecha, había una pequeña gruta. Selene miró suplicante al hombre, que afirmó con la cabeza. Juntos entraron allí. Todo estaba oscuro, así que él encendió una luz.

- Duerme…

Murmuró ella al ver al fondo, acurrucado, a un hombre joven, moreno y fuerte. En su rostro había una sonrisa de paz y tranquilidad.

- Sí, duerme.

Avanzaron hasta ponerse a la altura del joven.

- Aún no ha despertado.

- Algún día lo hará, no tienes por qué preocuparte…

- Fue ella quien le castigó y aún no comprendo porqué.

Zeus pasó su brazo sobre los hombros de Selene, tratando de reconfortarla. Selene deseaba abrazar a Endymión, pero estaba frío como el hielo, como un muerto.

Antes, ella bajaba todas las noches de su carro de plata y marfil para estar junto a él. Entonces se veían, hablaban y se amaban. Él le contaba sus sueños y ella los interpretaba, conociendo así qué ocurriría en el mundo de los que morían.

Zeus soltó a Selene e hizo que le mirara, alzándola con delicadeza la barbilla. Sabía lo que ella pensaba, 30 años era una eternidad.

- Selene, sube a tu carro y vuelve a tu lugar. No pienses en que quedan 20 años, recuerda que ya han transcurrido 10…

Él la besó en la mejilla y desapareció con un estruendo ensordecedor y un golpe de luz. Todo se volvió oscuro entonces.

Selene comenzó a emitir una tenue luz blanquecina. Se acercó hacia el hombre dormido, se arrodilló frente a él y lo besó suavemente en los labios. Dejó que una lágrima brotara de sus ojos y una nueva tras ésta.

Salió del lugar y se dirigió al borde del acantilado. Miró de nuevo hacia la gruta, de donde ahora manaba un pequeño regato de agua. Dio un paso hacia el frente al tiempo que el agua comenzaba a caer por el precipicio a un pequeño valle, donde giraba entre árboles y se perdía en la mar.

Dio otro paso, quedando así el vacío bajo sus pies. Su piel y el vestido aumentaron su brillo cuanto más andaba hacia el frente.

Al llegar al horizonte se sentó en su carro de marfil y plata, tirado por caballos blancos, desde donde podía ver la entrada de la gruta y el agua que caía convertida en cascada.

Lo que Selene ignoraba era que, al besar a Endymión y derramar sus lágrimas sobre él, éste comenzó a llorar por la pena de la diosa y, al no poder despertar, ni moverse para secarse el llanto, formó un río con sus lágrimas que manaba de la gruta y que iba a morir a la mar, queriendo llegar al horizonte, donde cada noche, al salir la Luna pudiese besar a su Dama.


(Selene y Endymion, atribuido a Sebastiano Conca)